Al Madrid no lo detiene ni el amarillo, que es el color del azufre, del adulterio y de los herejes. Tampoco lo paró el Villarreal, que es un equipo estupendo que viste como murió Molière. Y no es que el líder no encuentre ni dificultades ni enemigos; es que salta sobre ellas y sobre ellos con la agilidad de esos atletas que vuelan sobre las vallas. Esa es la gran diferencia con el resto de equipos, los que aparecen nueve puntos atrás y mucho más lejos: la forma de resolver los problemas y deshacer los nudos. El Madrid se broncea con el sol que abrasa a otros equipos, se embellece con lo que apena a los demás. Desde muchos puntos de vista era un partido para fallar. Conocer el empate del Barcelona incorporaba una obligación y desafiaba un destino demasiado evidente. La calidad del Villarreal exigía otro esfuerzo y el marcador por dos veces favorable reclamó una atención extraordinaria para no dejarse mecer y empatar. Pues cada una de esas pruebas fue superada con nota, con la audacia que permite salir de los embrollos a los héroes y a los campeones de Liga.





